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jueves, 12 de julio de 2018

Entelequia musical | ¿A qué le tiras cuando tocas, mexicano?


Colaboración de Natalia Ulloa




“Deja el tesoro que Cuauhtémoc fue a enterrar
cuantos centavos se te escapan de la mano
buscando un taxi que jamás te ha de llevar”.

- Chava Flores.


Hablar del panorama cultural-musical de México requiere de muchas sesiones (que podrían no bastar incluso) para clarificar el panorama artístico al que nos enfrentamos en nuestra sociedad, pues es un país con tantos desbalances y a la vez tantas riquezas, que es dificil parametrarlo en una posición determinada que ayude a tener claro un sendero a seguir para quienes pretendemos dedicarnos al arte.

Sin embargo, lo que intentaré en este breve texto será provocar la respuesta a una pregunta crucial en el ser músico, aquí en México: ¿qué hacer si me dedico a la música?, ¿para qué tocar música? La respuesta inmediata a la primer pregunta sería “trabajar en la música, vivir de ello”, pero en este país esa respuesta no es suficiente para mantenerse.

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En primer lugar, el mero hecho de dedicarse a la música en México es un acto de valentía. Más del 50% de los estudiantes mexicanos de artes (específicamente música) son de clase baja-media. Sólo una minoría puede solventar los gastos universitarios y de mantenimiento instrumental con plena satisfacción, los demás tienen que dividirse el día en trabajos de medio tiempo que ayuden a pagar los estudios, además de encontrar tiempo más allá de las 24 hrs para poder practicar diariamente su instrumento. El dicho popular de “te vas a morir de hambre si te dedicas a eso” se hace lacerante, no por un acto propio, sino por las circunstancias a las que nos encaminamos.

Pese a este primer plano, las escuelas de música (aunque con recursos bastantes limitados) tienen una demanda considerable de aspirantes, aspirantes que llegan a las instituciones con la idea romántica del que se dedica a la música por amor y pretende dedicarse sólo a eso, con tiempo de perfeccionar su técnica; de aquel que intenta erradicar el dicho popular para vivir dignamente de su amor al arte.

Y aquí hay algo muy importante: el amor. No cabe duda que quien se dedica en México a la música lo hace con un sentimiento que rebasa de amor por su profesión, pues poco a poco (desde los inicios de sus estudios) se enfrenta a la oferta cultural precaria del país y, aún así, sigue por un camino que le dé un hálito de mantenimiento con el arte.

Tomada de: achavalcarlos.com

Muchos en este punto, vislumbran un panorama precario para el crecimiento artístico y consideran la opción de estudiar fuera del país, con la visión del que sale para tener mejor nivel y, si le va bien, regresa a su tierra de nacimiento a incrementar el nivel local. Sin embargo, bajo las condiciones económicas mencionadas anteriormente, los estudiantes de música, en esta primer asfixia de oportunidades, optamos por aferrarnos a un discurso gastadamente nacionalista: “No hay que ser malinchistas, México tiene lo necesario para dar músicos de calidad.” O, “si uno le pone ganas al estudio aquí puede ser igual de bueno como en otros países”. 

No lo dudo. No dudo que México tenga una riqueza de músicos demandantes, ni dudo que haya algunos que se han ganado arduamente un nombre muy respetable dentro de la república. Pero el problema es que, aunque México cuente con esa belleza, su estructura cultural y educativa es tan limitada que resulta difícil salir a otros rumbos y dar de sí lo que se cree que se ha dado en el país. Es decir, no basta el discurso y el sentimiento, es necesaria la aplicación fáctica de ello.

En el país hay diversas universidades con una calidad muy respetada por los músicos y a la cual la mayoría pretendemos aspirar. Cada año, miles de aspirantes de la república hace trámites a las instituciones de renombre, pues en el fondo, estas instituciones prometen un nivel de la misma magnitud que en el extranjero, lo que incentiva al músico a poder ser “alguien de nombre” en el mundo (un término por demás paradójico). Por desgracia, ante la alta demanda y los bajos recursos con los que cuentan estos centros educativos, los cupos son bastante reducidos, lo que provoca que la mayoría se vaya estancando en la oportunidad de aspirar a salir de su país para ponerlo en alto.

Las otras universidades de música del país admiten con mayor facilidad a los estudiantes, a costa de un nivel académico precario. Para “compensar” este desbalance, dichas instituciones ofrecen becas de estudio al extranjero. De esta forma, los músicos pueden darse una idea de su educación comparada a la de otros lugares y así, saber cuánto tiene que esforzarse. 

Creo que esta práctica en las universidades de música mexicana se va generalizando cada vez más, lo que provoca una alarmante situación del nivel musical local que obtenemos con referencia a otros lugares de trabajo.

Juan Arturo Brenann decía que cualquier revisión del quehacer musical en México, por superficial o profunda que sea, necesariamente conduciría  a hallazgos y conclusiones que, en buena medida, nos reflejarían un panorama de crisis y atraso semejante al que caracteriza a todas las demás áreas del quehacer social y cultural en nuestro país. ¿Qué hacer, entonces, si no puedo dedicarme a la música dentro de mi país como esperaba? Es aquí, entre la confusión de querer sacarle provecho al país para poder defenderse en el extranjero por una plaza y las circunstancias internas que asfixian ese querer, donde surge la segunda pregunta: ¿Para qué tocar?.

En una masterclass, el maestro preguntó a los estudiantes “¿qué era el éxito?” para ellos, o, en otras palabras, ¿qué pretendían con tocar? Más del 60% de la sala respondió que su objetivo era ser famosos, ese “ser alguien en el mundo” que mencioné anteriormente. Todo esto con un ambiente de competencia y de demostrar quién era el mejor sobre los otros. Esas respuestas me preocuparon bastante, pero al ver las condiciones en que lo decían comprendí el porqué de dicho suceso. 

Cuando en el interior del país se ven truncas las posibilidades de vivir dignamente de la música, recurrimos al discurso nacionalista, pero nos damos cuenta de que la nación no nos ofrece tampoco un ambiente sustentable para la profesión. Se ha dicho que México tiene cada vez más apoyo para el arte: “hay que mirar tan sólo la gran demanda de orquestas que van surgiendo en los estados”. El problema es que las carteleras cotidianas podrían hacer pensar que se vive un auge y una bonanza, por la cantidad de sesiones musicales anunciadas. Sin embargo, cualquier revisión un poco más profunda de dicha demanda, permitirá descubrir enormes carencias. Por ejemplo, más allá del espejismo de una aparente abundancia de orquestas sinfónicas, muchas de ellas están en crisis permanente. Las orquestas más importantes de cada estado están formadas por una mayoría de músicos extranjeros de mediana calidad, dejando a los aspirantes locales sin posibilidad de acceder a un puesto.

Las orquestas/ensambles que sufren el permanente lastre de las mal entendidas “conquistas gremiales” se ven también afectados para los músicos mexicanos. Las orquestas/ensambles que se forman al vapor como inútil proyecto sexenal de tal o cual funcionario y las que llevan largo tiempo sumidas en la inacción y el estancamiento, también. Desde las que sufren constantes cambios de director titular, hasta las que son mantenidas por años sin uno, con los catastróficos resultados evidentes, pasando por las que padecen a perpetuidad al mismo director, no siempre el que más les conviene, pasan cada vez más, por una crisis laboral y de demanda preocupantes.

No faltan, tampoco, las falsas filarmónicas regionales de ocasión, formadas por una veintena de músicos, y utilizadas por el pequeño gobernador en turno como decorado de fondo en sus actos políticos disfrazados de promoción cultural. Y de nuevo, una contradicción enorme: un recorrido auditivo por nuestras orquestas sinfónicas permite apreciar con claridad que a la mayoría de ellas le urge una renovación importante del personal que habita sus atriles. Es por eso que en los conservatorios y escuelas de música se manifiesta que no hay puestos existentes de trabajo para los instrumentistas que egresan de esas instituciones. Es obvio, pues, que hay una fractura entre una demanda evidente, la renovación urgente de nuestros cuadros orquestales, y una oferta aparente, la de la producción académica de ejecutantes instrumentales. Es claro que hay algo completamente disfuncional en lo que, en teoría, debería ser un círculo virtuoso en el que nuestras instituciones de enseñanza musical nutrieran constantemente de instrumentistas a las orquestas nacionales, para promover una estabilidad cultural y aumentar el nivel musical de la república.

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Si nos remontamos a los ensambles (la segunda opción después de las orquestas subsidiadas) nos enfrentamos a una imagen peor: ¿cuántos ensambles  estables de buen nivel sobreviven en el país?

Periódicamente, surgen aquí y allá grupos de diverso tamaño y dotación, con las mejores intenciones, pero desaparecen después de una efímera vida, sin dejar huella. Se cuentan con los dedos de una mano los ensambles de buen nivel que pueden subsistir en el país, si bien nos va. Los grupos dedicados de lleno a la música son escasos, tienen una vida precaria y su continuidad y permanencia son casi imposibles al margen del subsidio oficial, que tampoco suele ser muy generoso.

Además, la música que programan e interpretan las orquestas nacionales es también un tema que conduce a otro callejón sin salida. Con frecuencia, los conjuntos sinfónicos (y camerísticos) mexicanos demuestran una notable renuencia a comprometerse con la música y su vasto recorrido por el tiempo. En el caso particular de la música mexicana de hoy, se ha establecido desde hace tiempo un perverso círculo vicioso en el que el público rechaza categóricamente cualquier partitura mexicana que no sea un huapango, un danzón o una estrellita, por lo que las orquestas usualmente no programan nada que pudiera ahuyentar al cada vez más escaso público. En plena temporada, al interior de la programación de todos los conciertos, están incluidas apenas diecisiete obras mexicanas. De ellas, la mayoría son de Silvestre Revueltas o pertenecen al periodo nacionalista de nuestra música. Así resulta que, a lo largo de las temporadas de conciertos, las orquestas interpretan un repertorio que se ha quedado, a lo mucho, en los años 30 de nuestro país, ¿y lo demás?. Ello apunta hacia una notable falta de imaginación.


Tomada de: bahiautopica.cl


Con esta imagen de la situación musical del país entiendo el porqué los músicos responden generalmente que su objetivo es ser alguien en el mundo, ser famosos, tener nombre. Si su discurso nacionalista se vio fragmentado por las circunstancias y la situación laboral interna es deplorable ¿qué hacer?: buscar desesperadamente la manera de forjar el nombre propio sobre los demás en la nación, para poder ser visto por un país extranjero, donde las condiciones laborales sean dignas y se pueda cumplir el ahora llamado sueño de “dedicarse a la música”.

Hemos notado, pues, que muchas de nuestras escuelas y conservatorios siguen utilizando programas y sistemas de enseñanza obsoletos, aplicados y administrados por académicos prehistóricos que se rehúsan sistemáticamente a actualizarse. El anquilosamiento de la educación musical en México es evidente, y es perversamente complementado por el hecho de que la música (y el arte en general) ocupa un lugar de importancia muy menor en el contexto de la educación básica; por más que se hable mucho de ella y por más que esté codificada en documentos y programas inútiles, la educación en el arte y por el arte, en las humanidades y por las humanidades, en la música y por la música, es prácticamente inexistente.

Tocar hacer música es un acto de decir-nos con el mundo, de dejarnos afectar y empatizar con el otro. Sin embargo, esto se ve notablemente nublado en el espejo de la educación musical mexicana, que deja este discurso en los escombros y provoca una salida desesperada que tiene como punto de llegada el probable fracaso.

¿A qué le tiras cuando tocas, mexicano?

Diría yo que a tener, de principio, la oportunidad de hacer música para decirme con el mundo. Pero, si la situación del país sobrepasa y las condiciones económicas son asfixiantes para salir: ¿qué hacer entonces?

Sinceramente, no lo sé.

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Natalia Ulloa.
nataliaulloa15@gmail.com
PlasmArte Ideas, julio, 2018.

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martes, 27 de febrero de 2018

Entelequia musical: Hacia un Nacionalismo Capitalista

                               



Colaboración de Natalia Ulloa





El nacionalismo musical mexicano (1930-1950) fue un movimiento que arrastraba como antecedentes -desde los años 20’s- la valorización de una identidad mexicana, un imaginario que intentaba sobrepasar la colonización recurriendo a sus raíces prehispánicas para forjarse a partir de ellas y el inicio de la línea desdibujada entre clase baja (artes populares -A.P-) y clase alta (Bellas Artes). 

Los compositores de este movimiento (Revueltas, Sandi, Rolón, Chávez) buscaron reforzar estos puntos recurriendo a las canciones tradicionales, propias de la clase trabajadora y los ritmos prehispánicos, para desarrollar bases similares al nacionalismo musical europeo, es decir: una identidad que conectara las diferentes clases en un sentido de pertenencia que integrara las formas académicas (europeas) a la canción popular, estableciendo una apertura moderna, y por ende universal de la música mexicana, con un carácter socialista. Sin embargo, a diferencia del Nacionalismo Europeo, considero que México desarrolla este periodo en apariencia, pues desde los acontecimientos mencionados se acentuaron más las clases -como la exposición de artes populares propuesta por Obregón, con trasfondo de inversión extranjera, justificando dichos actos bajo el presupuesto de que tras la línea “suavizada” entre estas clases, surgiría una especie de clases amigas: la clase Intelectual y la manual, trabajando unas con otras para lograr el progreso del país- y que a inicios del Nacionalismo musical se intentó desdibujar con este encuentro entre academia y el pueblo, pero que en los ideales de algunos compositores se expresaba un carácter que lejos de ser socialista -como se intentaba mantener para el progreso- se dibujaba capitalista.



Tal es el caso de Carlos Chávez (1889-1978), compositor, imprescindible para el desarrollo musical del Nacionalismo, principal colaborador en las Revistas de crítica y análisis de dicha época (Pauta, Heterofonía, Música Mexicana, Nuestra Música) Director del CNM y director de orquesta de la OSN, considerada un pilar para el desarrollo musical de nuestro país. Con este peso institucional e ideológico, Chávez ejerció influencia sobre los compositores y el pensamiento de su época, en la educación musical de la misma y en la unificación de un pueblo.

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Carlos Chávez.
Tomada de: periodiconmx.com


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Dentro del grupo antes mencionado de compositores, existieron diferencias de pensamiento, lo que provocó que se dividiera el estandarte musical, es decir: Chávez con el conservatorio, la orquesta y algunas revistas y Revueltas, con Revistas y un peso social importante. Pero uno no podía contra el otro, por el peso que Chávez ejercía.

Esta división surgió a partir de la imposición ideológica de Chávez, en la edición de los años 30 de “Música Mexicana”:

La música popular -propia de las A.P- era del pueblo, de la clase manual, y si ésta salía de su ambiente, perdía el sentido de popular, por ende se convertiría en enajenación, en una no-música. Por otro lado la música académica, aquella que se instruía en un conservatorio -propia de las Bellas artes- y refinaba la capacidad para comprensión/asimilación era perteneciente a la clase Intelectual o la clase alta, y su ambiente era el teatro, el Museo. Si este tipo de música salía de su ambiente también se convertía en una no-música. Tampoco se podían introducir instrumentos de la música popular a la música académica, porque los dos perdían su sentido.

¿Cómo desdibujar la diferencia de clases bajo este presupuesto?, ¿La música de Chávez, como Sinfonía India, no retoma estas combinaciones que a la vez son base fundamental para la identidad y el sentido de pertenencia que se quiere generar en el discurso nacionalista?

El fin de Chávez era refinar la educación del proletario con la música culta, lo deja claro en la revista “Nuestra Música”.

Y me pregunto, ante este vacío musical que se me presenta en un momento histórico tan sólido: ¿No es todo lo anterior el bosquejo de un capital-nacionalismo? Y si ello fuera cierto: ¿Qué ocurriría con el pilar actual mexicano, si el nacionalismo es su base, y nos enfrentamos a un estado socialista?

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Natalia Ulloa.
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jueves, 11 de enero de 2018

Entelequia musical | Para todo llanto: un buen tango


Colaboración de Natalia Ulloa







¿ la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
bien mirando no somos, nunca somos a solas
sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie,
¿todos somos la vida?
pan de sol para los otros (…)”

- Piedra de Sol, Octavio Paz.





¿Qué somos nosotros sino la vida que andamos?

Vamos por la vida necesitando ser dichos por el otro para entendernos a nosotros mismos, recurriendo a una memoria que nos mantenga en esta existencia y nos deje como una historia más que en algún momento será contada. Nos relacionamos con otros para establecer lazos de empatía y comprensión, que de fondo ocultan un espejo, una búsqueda de alguien que nos pueda decir y que nos ayude con esta carga tan pesada que se llama Natalia, Julián, Pedro (…)

Sin embargo, ese andar constante por las ruinas de nuestras experiencias es el que forja ese “alguien” que “es”, ese nombre cargado de vida que intenta plasmar por todos los medios que conoce todo lo que vive, todo lo que lo va definiendo poco a poco en ese otro que buscaba para contarse a sí mismo.

¿Y cuando la palabra no alcanza?, ¿cuando queremos decir la vida misma que somos todos? Entonces se abre paso a la música: al tango.

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Tomada de: momfs233.blogspot.com


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Tocar un tango tiene tantas variantes como sean posibles. Adentrarse en la partitura es ver una línea melódica que grita algo, pero de una forma que sólo el intérprete puede empatizar por su propia historia. Es decir, muchas veces la partitura no tiene dinámicas o pautas que permitan a uno tener más dominio “académico” de la pieza, sólo tiene de herramienta una línea melódica que sigue por distintas facetas: en la interpretación se encuentra el carácter y la intención del tango.




¿Quiere decir que el tango tiene distintas intenciones?

Yo creo que sí, en tanto que cada tango nos dice algo diferente pero un mismo tango puede tener distintos matices dependiendo de la persona que lo toque.

Para tocar un tango se necesita vivir”, me dijo un maestro antes de tocar. Y ahora entiendo: uno necesita vivir, sufrir, reír y llorar para empatizar con la vida humana, con la diversidad cultural, con el reflejo de esa vida llena de cicatrices que se asume y que de todas formas se anda. Y eso es el tango: un camino, un volver con la frente marchita, un querer, un portador de la palabra que no se dice, se vive; un recorrer la memoria misma para saber en dónde se ha pisado y seguir por las ruinas. Y al tocarlo decimos con voz alta lo que vivimos. Nos afirmamos en el momento en que seguiremos adelante.

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Natalia Ulloa.
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jueves, 14 de diciembre de 2017

MOUSSE MEDIA | Entelequia musical: El intérprete y los interpretados


[Sección coordinada por Víctor D. Magallón*]



                                    
                        
                                                   
                                                                  [Colaboración de Natalia Ulloa]





“…Eres el otro yo de que habla el griego
y acechas desde siempre. En la tersura
del agua incierta o del cristal que dura
me buscas y es inútil estar ciego.

El hecho de no verte y de saberte
te agrega horror, cosa de magia que osas
multiplicar la cifra de las cosas

que somos y que abarcan nuestra suerte.
Cuando esté muerto, copiarás a otro
y luego a otro, a otro, a otro, a otro…”



- J. L. Borges, El espejo.




La música se conforma de distintas formas de hacerse y hacer-nos en el camino; distintas formas de consagración hacia dos que parecen uno y que nos hace poder sentir al otro en nuestro andar musical. Una de estas formas más comunes es la relación del músico y el director de orquesta.

El músico dialoga, en la medida de lo posible, con su instrumento, a fin de encontrar el equilibrio entre el decir del compositor y su afección por tal, que le provoca un decir conjunto, es decir: de ambos. Cuando este participa en una orquesta se funde en las distintas interpretaciones de los demás participantes para decirse en conjunto, guiados en principio por un director de orquesta. Pero ello no siempre fue así. Para esto, al músico como tal le denominaremos de dos maneras: solista (refiriéndose a él con otro) y de orquesta (el conjunto de músicos junto a un director).

En los periodos del renacimiento - barroco la labor del músico solista era seguir fielmente la partitura para poder expresar al compositor de dicha obra, siendo mediadores del creador en vida o ya fallecido, dicho de otra forma, siendo ejecutantes. Sin embargo, cuando participaba en una orquesta pasaba a fundirse con los demás ejecutantes y a seguir a un guía: el director, quien era una especie de sustituto del compositor y quien les marcaba las indicaciones necesarias (como el tempo, el compás y algunas intenciones) para una correcta ejecución. Este tipo de orquesta generaba un “estilo”, una consolidación por parte de músicos y guía para darle un cierto decir a la pieza.

Fue hasta el romanticismo que la música dio un giro importante (empapado de las corrientes de pensamiento que explotaban en la época) pues el músico solista, necesitado de existir y ser “alguien” en el mundo, debía trascender esta condición de fiel para ser él quien también expresara su propia vida ante la obra del que interpretaba y así dejar una parte de su existencia con el otro. Es decir, no sólo el compositor dejaba ya un legado y un decir en la música que otros interpretarían, ahora el músico que interpreta también (se) afecta por la obra y por ende, causa una escucha distinta, así pasó de mero ejecutante a colocarse como intérprete.

Parecería que esta época le dio una individualidad al músico. En cierto modo sí, pues se conformaron a la par ensambles de cámara que permitieron a unos cuantos existir junto al compositor sin que este los volviese invisibles a favor de su música. Pero llegados a este punto consideraríamos entonces -muy arriesgadamente- que el director de orquesta ya había cumplido su función de mero guía/suplente del compositor, porque el músico también podía acceder a los conocimientos del mismo. Pero no fue así. ¿Qué ocurrió entonces con el director y cuál fue su función en torno al músico?

El director suplía al compositor, en cierta medida, generalmente cuando este fallecía, pues de otra manera era el mismo compositor quien daba las indicaciones. Entrados al romanticismo parecía que el ser un compositor muerto traía más reconocimiento y como consecuencia un legado más fuerte. Al morir los compositores y abrirle más paso al director, este último decide comenzar a tomar las riendas de la propia guía que le fue encomendada, él también es un ente, y como tal se expresa y le afecta la música, ahora es no sólo el guía, sino el conocedor de los conocedores y quien puede conducir a los músicos inquietos por decirse junto al compositor. Ya no solo se trata de un estilo, sino también una interpretación, pero ¿de quién?, del mismo director. En una orquesta es el director el intérprete, el que tiene un estilo propio para dirigir, el que por su conocimiento nos interpreta a nosotros, conjunto de decires que nos encomendamos a quien nos conoce mejor que nosotros mismos.

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Tomada de: orquesta-pablo-sarasate.com


Esta tradición se ha fortalecido con el paso del tiempo. Ya no sólo será la orquesta de Berlín, o de Viena, o de Polonia; ahora también es un Simon Rattle, un Karajan, o un Bernstein.

Ahora las portadas de los discos que contienen sinfonías u otro tipo de música orquestal no contienen necesariamente a la orquesta, pueden contener a un director titular alumbrado bajo la luz del genio, ya sea pensativo, ya sea en mediación con la batuta y la aparente música que se va a interpretar.

¿Y qué nos queda?

Fellini intentó en su película Ensayo de orquesta establecer una maqueta de una orquesta sin director, la conclusión: una representación de una guerra tan apasionada en cada músico por consagrarse como el guía por excelencia, fue imposible seguir haciendo música.

Considero, pues, que el director y el músico necesitan empatizar, dialogar. Ya no es El intérprete -y- los interpretados, ahora son ambos, en la misma comuna, en la misma desesperación, en esta misma pasión por decir lo que nos importa: la música misma.

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Natalia Ulloa.
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jueves, 12 de octubre de 2017

MOUSSE MEDIA | Entelequia musical: De los nadie al no me acuerdo

[Sección coordinada por Víctor D. Magallón*]









                                    
                        
                                                   
                                                      [Colaboración de Natalia Monserrat Ulloa Rodríguez]






(…) para los que no son, aunque sean,
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
No profesan religiones, sino supersticiones,
Que no hacen arte, sino artesanía,
Que no practican cultura, sino folklore,
Que no son seres humanos, sino recursos humanos
Que no tienen cara, sino brazos,
Que no tienen nombre, sino número(…)”

Eduardo Galeano, Los nadies.



Los nadie, los no- nombrados, los resignados, los que “cuestan menos que la bala que los mata”, los acostumbrados a ejercer su labor y a ser olvidados cada instante que se disponen a decirse a sí mismos y a reconocerse bajo su función, los que se contradicen queriendo ser alguien junto a los demás y bajan día a día a su puesto neutral abundan en pequeños espacios dentro de grandes nombres: arte, política y sociedad.
Esos nadie, que no figuran en la música formal, sino en la crónica estable de una batuta orquestal, hacen de su olvido su primer hogar.
La labor del músico es de carga pesada, tanto social como personal. El músico estudiante necesita con su esfuerzo reconocerse dentro de un grupo sobresaliente que sea visto por compañías/orquestas de mayor prestigio. Dicho de otra forma: necesita encajar en la promesa del que “tiene futuro” para “ser alguien en el mundo”. Aquí radica la paradoja, pues la propia condición de su labor en la música formal  no lo proyecta de esta forma.



Tomada de: invisiblesvillaverde.org

La pregunta por la música desemboca distintos tipos de respuesta, y a estos tipos generalmente se les llaman géneros. -Yo prefiero designarlos como tipos, por su condición de respuesta a la pregunta principal-. Es de esta forma como nos referimos a la música formal, como ese tipo de respuesta donde abundan los músicos sin identidad. A partir de esta denominación podemos estructurar el cómo se hace, a quién se hace y por qué se hace y demás. En resumidas cuentas lo que llamamos música formal lo entendemos como aquella que se enfoca en la formalidad, en esa cuestión abstracta y transparente que se va heredando como un absoluto a través del tiempo, que es atemporal y se extiende: es la pura formalidad de lo que es correcto, y no asume un contingente  histórico/social, sino que trata de traspasarlo y ser lo universal, la respuesta.
En ese sentido,  los numerosos intérpretes que conforman una orquesta son los mediadores  de la música, de lo mediado. Y, ¿cuál es la respuesta de este tipo de mediación hacia lo mediado?
Cada tipo de música tiene una respuesta diferente a la pregunta por lo mediado, y en este caso  se encuentra en  la dialéctica de la obra y el intérprete, en lo que el mediador está transformando y dando algo de sí a la pieza, en algo fundamental: el carácter,  la transparencia.
El mediador, cuando se asume como tal, llega a su fin: al del ser transparente, pues se necesita eso para que dé presencia a su ser: a lo mediado. De esta manera se dan las distintas formas de validez (musical, existencial, etc.), aunque a veces la mediación no sea evidente porque lo que ella quiere hacer es desaparecer para decir a lo mediado, para llegar a su fin.
La música entonces es  un lenguaje, una forma de decir, pues el lenguaje, desde su sentido analítico (que buscaba ser unívoco, transparente, lógico, y formal en donde se diera a conocer solo la verdad) asumió el suprimirse a sí mismo para sacar la verdad a luz. Pero asumiendo esto, se asumió también que el lenguaje en sí puede ser transparente (como el músico con la música), pero normalmente eso no se presenta desde el mediador, pues este se trata de suprimir (el músico se trata de transparentar). En esto radica la condición trágica de los músicos formales, los mediadores: en transparentarse como los nadie para decir la música. Renuncia a su ser creador por tratar de descubrir solamente lo que dice el autor.
Sin embargo, de aquí se pueden desprender los músicos de cámara y los solistas, pues dan un giro muy interesante con una sentencia: hay suficiente libertad y contingencias en la música para que se pueda ser mediador. Por consecuencia estos músicos asumen su trabajo de intérpretes, y al asumirse como tal, como los que hacen hermenéutica musical, le encuentran un sentido a lo que hacen y de esta forma traspasan su condición de mediador, de nadie a creador, a un alguien, que posee un nombre frente a los otros, una identidad. Es decir: el mismo es lo mediado. Él da ser, él crea.
Entonces, asumir una hermenéutica es asumir un contexto y una manera de hacer sentido, y es asumir una manera de hacer música, entre otras. ¿Y ello no podría ser una primera respuesta por una verdadera música mexicana?



Natalia Monserrat Ulloa Rodríguez.
nataliaulloa15@gmail.com

[Originaria de Chapala, Jalisco. Escucha de la música y la palabra. Empática en la colaboración artística. Caminante de las nostalgias mexicanas y temporal huésped en el decir del otro, de quien me lee y a quien me reconozco].













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