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martes, 27 de febrero de 2018

Entelequia musical: Hacia un Nacionalismo Capitalista

                               



Colaboración de Natalia Ulloa





El nacionalismo musical mexicano (1930-1950) fue un movimiento que arrastraba como antecedentes -desde los años 20’s- la valorización de una identidad mexicana, un imaginario que intentaba sobrepasar la colonización recurriendo a sus raíces prehispánicas para forjarse a partir de ellas y el inicio de la línea desdibujada entre clase baja (artes populares -A.P-) y clase alta (Bellas Artes). 

Los compositores de este movimiento (Revueltas, Sandi, Rolón, Chávez) buscaron reforzar estos puntos recurriendo a las canciones tradicionales, propias de la clase trabajadora y los ritmos prehispánicos, para desarrollar bases similares al nacionalismo musical europeo, es decir: una identidad que conectara las diferentes clases en un sentido de pertenencia que integrara las formas académicas (europeas) a la canción popular, estableciendo una apertura moderna, y por ende universal de la música mexicana, con un carácter socialista. Sin embargo, a diferencia del Nacionalismo Europeo, considero que México desarrolla este periodo en apariencia, pues desde los acontecimientos mencionados se acentuaron más las clases -como la exposición de artes populares propuesta por Obregón, con trasfondo de inversión extranjera, justificando dichos actos bajo el presupuesto de que tras la línea “suavizada” entre estas clases, surgiría una especie de clases amigas: la clase Intelectual y la manual, trabajando unas con otras para lograr el progreso del país- y que a inicios del Nacionalismo musical se intentó desdibujar con este encuentro entre academia y el pueblo, pero que en los ideales de algunos compositores se expresaba un carácter que lejos de ser socialista -como se intentaba mantener para el progreso- se dibujaba capitalista.



Tal es el caso de Carlos Chávez (1889-1978), compositor, imprescindible para el desarrollo musical del Nacionalismo, principal colaborador en las Revistas de crítica y análisis de dicha época (Pauta, Heterofonía, Música Mexicana, Nuestra Música) Director del CNM y director de orquesta de la OSN, considerada un pilar para el desarrollo musical de nuestro país. Con este peso institucional e ideológico, Chávez ejerció influencia sobre los compositores y el pensamiento de su época, en la educación musical de la misma y en la unificación de un pueblo.

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Carlos Chávez.
Tomada de: periodiconmx.com


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Dentro del grupo antes mencionado de compositores, existieron diferencias de pensamiento, lo que provocó que se dividiera el estandarte musical, es decir: Chávez con el conservatorio, la orquesta y algunas revistas y Revueltas, con Revistas y un peso social importante. Pero uno no podía contra el otro, por el peso que Chávez ejercía.

Esta división surgió a partir de la imposición ideológica de Chávez, en la edición de los años 30 de “Música Mexicana”:

La música popular -propia de las A.P- era del pueblo, de la clase manual, y si ésta salía de su ambiente, perdía el sentido de popular, por ende se convertiría en enajenación, en una no-música. Por otro lado la música académica, aquella que se instruía en un conservatorio -propia de las Bellas artes- y refinaba la capacidad para comprensión/asimilación era perteneciente a la clase Intelectual o la clase alta, y su ambiente era el teatro, el Museo. Si este tipo de música salía de su ambiente también se convertía en una no-música. Tampoco se podían introducir instrumentos de la música popular a la música académica, porque los dos perdían su sentido.

¿Cómo desdibujar la diferencia de clases bajo este presupuesto?, ¿La música de Chávez, como Sinfonía India, no retoma estas combinaciones que a la vez son base fundamental para la identidad y el sentido de pertenencia que se quiere generar en el discurso nacionalista?

El fin de Chávez era refinar la educación del proletario con la música culta, lo deja claro en la revista “Nuestra Música”.

Y me pregunto, ante este vacío musical que se me presenta en un momento histórico tan sólido: ¿No es todo lo anterior el bosquejo de un capital-nacionalismo? Y si ello fuera cierto: ¿Qué ocurriría con el pilar actual mexicano, si el nacionalismo es su base, y nos enfrentamos a un estado socialista?

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Natalia Ulloa.
nataliaulloa15@gmail.com

PlasmArte Ideas, febrero, 2018.

Twitter: @plasmarteideas
Instagram: @plasmarteideas




martes, 21 de noviembre de 2017

COCTEL DE LETRAS | La unánime noche


[Sección coordinada por Inés M. Michel*]



[El siguiente texto fue publicado originalmente en el blog Cuerdas Ígneas]





(Apuntes sobre Ayotzinapa, tres años después)




“…lo que tenemos por parte del Estado y del gobierno es la injusticia, la atrocidad y el terror.
Lo que tenemos por parte de los estudiantes sobrevivientes de esa noche
y las familias de los 43 estudiantes desaparecidos es un ejemplo desgarrador de lucha y dignidad”.


John Gibler.




La noche del 26 de septiembre de 2014, en Iguala, Guerrero se abrió una herida inmensa en el pueblo mexicano, una que a tres años de lo ocurrido tras la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, sigue sangrando y que, dolorosamente, no parece que vaya a sanar pronto.

Este episodio atroz continúa sin respuestas y sin solución para todos los familiares de los desaparecidos que siguen buscando justicia. Se sabe que en él participaron tanto policías municipales como federales e, incluso, el ejército[1]. Una operación conjunta que dio como resultado la pérdida del rastro de estos jóvenes que hoy podrían haber estado dando clases en un aula.

Ibero, la revista de la Universidad Iberoamericana, dedicó su número 52 (octubre-noviembre 2017) a rememorar lo ocurrido, consultando a diferentes especialistas y activistas para que dejaran constancia en sus páginas de lo poco que ha avanzado el caso, la importancia que tiene y el papel de las instancias gubernamentales que han funcionado como un obstáculo para encontrar el paradero de los muchachos. Titulado Ayotzinapa: 3 años sin verdad y sin justicia resulta un documento que con gran responsabilidad y claridad expone los hechos en torno a la fatídica noche de septiembre, las investigaciones que han llevado por su cuenta las familias afectadas, la absurda “verdad histórica”[2] con la que se pretendió zanjar el asunto por parte de las autoridades, desmentida contundentemente por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), así como las claves que no debemos olvidar “… puesto que las y los desaparecidos son nuestros desaparecidos”[3].  

Y es que no solo se trata de 43 sino de miles de personas de las que se desconoce su paradero. Ayotzinapa se convirtió en el ejemplo de cómo la impunidad impera en el sistema de justicia mexicano y de la poca o nula capacidad que tienen las instancias correspondientes para investigar y lograr resultados en los casos de desaparición en todo el país.

Jan Jařab escribe, “Tres años después de los hechos la tragedia de los estudiantes sigue siendo también un símbolo poderoso, dentro y fuera de México, un caso emblemático… Tal y como ocurre con algunos nombres de otros pequeños lugares de nuestro planeta, sitios humildes, anteriormente desconocidos fuera de sus propios países, ‘Ayotzinapa’ e ‘Iguala’ estarán por siempre en la conciencia de la humanidad vinculados con una injusticia que trasciende lo cotidiano”[4].

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Monumento a La Bandera, Iguala, Guerrero.
Tomada de: flickr.com
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La tragedia sigue viva, Ayotzinapa no hizo más que evidenciar la grave crisis que vivimos en México desde hace más una década, es el símbolo de una realidad que cuenta con más de treinta mil personas desaparecidas solo en cifras oficiales, que dan cuenta en números cerrados de trece mil desaparecidos durante el sexenio de Felipe Calderón y en lo que va del correspondiente a Enrique Peña Nieto, dieciocho mil (activistas como Javier Sicilia manejan una cantidad total cercana a los doscientos mil)[5]. Los datos son estremecedores.

La unánime noche (tomando prestado el término que utiliza Borges al inicio de Las ruinas circulares) en que los estudiantes desaparecieron es todas las noches… A manera del fantasma que describe Guillermo del Toro en voz del personaje de Federico Luppi en El espinazo del diablo se trata de un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, esta y cada una de nuestras noches. Los familiares de los desaparecidos, de los 43 y de todos los otros miles, continúan sin descanso, las fosas clandestinas, que no han parado de salir a la luz en las averiguaciones que las propias familias han llevado a cabo, siguen llenas de cuerpos sin identificar, cada día amanecemos con más muertos e historias de hombres y mujeres que no se sabe dónde están.

43 jóvenes con sus rostros y apellidos pusieron nombre a ese horror y, para nuestro pesar, este no se irá ni lo hará mientras no haya justicia, por todo ello esta pequeña contribución a la memoria que debemos mantener viva frente a la muerte, la desolación y el terror de esa unánime noche que vuelve a estremecernos cada vez que viene al recuerdo y al presente.

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Inés M. Michel.
@inesmmichel

PlasmArte Ideas, noviembre, 2017.
Twitter: @plasmarteideas
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COCTEL DE LETRAS es coordinada por Inés M. Michel. 
[*Egresada del Instituto de Ciencias, generación 100, (100cias100pre). 
Las letras me han salvado de los hombres grises en innumerables ocasiones. 
Fiel lectora de Ende y de un sinfín de historias fantásticas y de terror. 
Casiopea es mi guía y confidente.]

Contacto: inesm.michel@gmail.com















[1] PATRÓN, Sánchez, Mario E., Ayotzinapa: desmontar el pacto de impunidad. [Ibero, núm. 52].
[2] “Esta versión señala que los jóvenes habrían sido confundidos con narcotraficantes, asesinados en un basurero, cremados a cielo abierto y sus restos tirados a un río por un cartel del narcotráfico…”, BERISTAÍN, Carlos, Martín, Nacimos de una herida. La experiencia del GIEI y sus principales conclusiones sobe el caso Ayotzinapa. [Ibero, núm. 52, P.p. 11-13]
[3] RUIZ, Reyes Jorge, Ayotzinapa y los retos para la implementación de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas y Desaparición Cometida por Particulares. [Ibero, núm. 52, p.15]
[4] JAŘAB, Jan, Ayotzinapa, tres años después. [Ibero, núm 52, p.9]
[5] La cifra fue tomada de Contra la mentira y el silencio, la resistencia y el reclamo de justicia. Ágora: 17 voces sobre el caso Ayotzinapa. [Ibero, núm. 52, p.25]

jueves, 12 de octubre de 2017

MOUSSE MEDIA | Entelequia musical: De los nadie al no me acuerdo

[Sección coordinada por Víctor D. Magallón*]









                                    
                        
                                                   
                                                      [Colaboración de Natalia Monserrat Ulloa Rodríguez]






(…) para los que no son, aunque sean,
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
No profesan religiones, sino supersticiones,
Que no hacen arte, sino artesanía,
Que no practican cultura, sino folklore,
Que no son seres humanos, sino recursos humanos
Que no tienen cara, sino brazos,
Que no tienen nombre, sino número(…)”

Eduardo Galeano, Los nadies.



Los nadie, los no- nombrados, los resignados, los que “cuestan menos que la bala que los mata”, los acostumbrados a ejercer su labor y a ser olvidados cada instante que se disponen a decirse a sí mismos y a reconocerse bajo su función, los que se contradicen queriendo ser alguien junto a los demás y bajan día a día a su puesto neutral abundan en pequeños espacios dentro de grandes nombres: arte, política y sociedad.
Esos nadie, que no figuran en la música formal, sino en la crónica estable de una batuta orquestal, hacen de su olvido su primer hogar.
La labor del músico es de carga pesada, tanto social como personal. El músico estudiante necesita con su esfuerzo reconocerse dentro de un grupo sobresaliente que sea visto por compañías/orquestas de mayor prestigio. Dicho de otra forma: necesita encajar en la promesa del que “tiene futuro” para “ser alguien en el mundo”. Aquí radica la paradoja, pues la propia condición de su labor en la música formal  no lo proyecta de esta forma.



Tomada de: invisiblesvillaverde.org

La pregunta por la música desemboca distintos tipos de respuesta, y a estos tipos generalmente se les llaman géneros. -Yo prefiero designarlos como tipos, por su condición de respuesta a la pregunta principal-. Es de esta forma como nos referimos a la música formal, como ese tipo de respuesta donde abundan los músicos sin identidad. A partir de esta denominación podemos estructurar el cómo se hace, a quién se hace y por qué se hace y demás. En resumidas cuentas lo que llamamos música formal lo entendemos como aquella que se enfoca en la formalidad, en esa cuestión abstracta y transparente que se va heredando como un absoluto a través del tiempo, que es atemporal y se extiende: es la pura formalidad de lo que es correcto, y no asume un contingente  histórico/social, sino que trata de traspasarlo y ser lo universal, la respuesta.
En ese sentido,  los numerosos intérpretes que conforman una orquesta son los mediadores  de la música, de lo mediado. Y, ¿cuál es la respuesta de este tipo de mediación hacia lo mediado?
Cada tipo de música tiene una respuesta diferente a la pregunta por lo mediado, y en este caso  se encuentra en  la dialéctica de la obra y el intérprete, en lo que el mediador está transformando y dando algo de sí a la pieza, en algo fundamental: el carácter,  la transparencia.
El mediador, cuando se asume como tal, llega a su fin: al del ser transparente, pues se necesita eso para que dé presencia a su ser: a lo mediado. De esta manera se dan las distintas formas de validez (musical, existencial, etc.), aunque a veces la mediación no sea evidente porque lo que ella quiere hacer es desaparecer para decir a lo mediado, para llegar a su fin.
La música entonces es  un lenguaje, una forma de decir, pues el lenguaje, desde su sentido analítico (que buscaba ser unívoco, transparente, lógico, y formal en donde se diera a conocer solo la verdad) asumió el suprimirse a sí mismo para sacar la verdad a luz. Pero asumiendo esto, se asumió también que el lenguaje en sí puede ser transparente (como el músico con la música), pero normalmente eso no se presenta desde el mediador, pues este se trata de suprimir (el músico se trata de transparentar). En esto radica la condición trágica de los músicos formales, los mediadores: en transparentarse como los nadie para decir la música. Renuncia a su ser creador por tratar de descubrir solamente lo que dice el autor.
Sin embargo, de aquí se pueden desprender los músicos de cámara y los solistas, pues dan un giro muy interesante con una sentencia: hay suficiente libertad y contingencias en la música para que se pueda ser mediador. Por consecuencia estos músicos asumen su trabajo de intérpretes, y al asumirse como tal, como los que hacen hermenéutica musical, le encuentran un sentido a lo que hacen y de esta forma traspasan su condición de mediador, de nadie a creador, a un alguien, que posee un nombre frente a los otros, una identidad. Es decir: el mismo es lo mediado. Él da ser, él crea.
Entonces, asumir una hermenéutica es asumir un contexto y una manera de hacer sentido, y es asumir una manera de hacer música, entre otras. ¿Y ello no podría ser una primera respuesta por una verdadera música mexicana?



Natalia Monserrat Ulloa Rodríguez.
nataliaulloa15@gmail.com

[Originaria de Chapala, Jalisco. Escucha de la música y la palabra. Empática en la colaboración artística. Caminante de las nostalgias mexicanas y temporal huésped en el decir del otro, de quien me lee y a quien me reconozco].













PlasmArte Ideas, octubre, 2017.

FB: PlasmArte Ideas
Twitter: @plasmarteideas


  






*Mousse Media, es coordinada por de Víctor D. Magallón

[Gusta de realizar sesudos análisis en busca de la última temporada de 
Los Simpson que haya valido la pena.] 

Contacto: victor.dmagallon@gmail.com











martes, 10 de octubre de 2017

COCTEL DE LETRAS | Herstorian: De desastres naturales y afectaciones a las mujeres

[Sección coordinada por Inés M. Michel*]






[Colaboración de Hilda Monraz]




Memorial para costureras en Bolívar y Chimalpopoca, Ciudad de México, 2017.
Crédito: Sharenii Guzmán. e-veracruz.mx

 



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No estoy segura del día, si fue el 28 o el 29 de julio, pero sí del año: 2012. Tuve una de las experiencias más extremas de mi vida. Intentamos subir el cerro (o pirámide) del Tepozteco, en Tepoztlán, Morelos; mi entonces compañera de casa y yo. Nuestro objetivo era Cuernavaca pero nos desviamos porque nos atrajo este sitio arqueológico. No subimos con el equipo adecuado ni teníamos la vestimenta o el calzado ideal para andar en un cerro. Nos dijeron varias veces antes de llegar que no subiéramos así. Yo tuve un poco de miedo porque siempre he tenido malas experiencias en el campo. Pero mi compañera quiso seguir y me dijo que al menos lo intentáramos un tramo y que si no podíamos, nos regresábamos. Confié en ella. Apenas llevábamos media hora subiendo cuando empezó una tormenta. No cualquier lluvia. El agua empezó a bajar y formaba ríos, después pequeñas lagunas imposibles de cruzar. Nos refugiamos en una cueva, con otras personas. Yo recuerdo estar junto a una señora más o menos de la edad de mi mamá y empezamos a platicar. Rezamos juntas. Yo sinceramente pensé que no saldría viva. El agua nos impedía subir y bajar. Había apagado mi celular pero lo volví a prender para hacer una llamada, me comuniqué con una ex pareja que vivía más o menos cerca y le dije que por favor avisara a algún cuerpo de seguridad. Lo hizo. Pensé que sería mi última llamada.
Parece que en Tepoztlán están más o menos acostumbrados a lidiar con este tipo de eventos y ya habían mandado brigadas de protección civil buscando personas en los caminos del cerro. Nos rescataron, usaron helicópteros y subieron por distintos lados. Recuerdo estar atada a un arnés para bajar y así por fin pisé suelo firme en las faldas del Tepozteco. Tuvimos principios de hipotermia, pero dimos gracias de haber sobrevivido. Tal vez lo más fuerte fue que estando abajo queríamos secar nuestra ropa para regresar a la Ciudad de México y no encontramos cómo. Recurrimos a una lavandería, donde pedimos que la señora nos dejara secar la ropa en una de sus máquinas, mientras nos prestara algunas toallas o algún tipo de prenda que vimos que tenía. Pero no quiso prestarnos nada ni rentarnos las máquinas de secado. Teníamos dinero para pagarle y le insistimos pero fue inútil. A pesar de la hipotermia y nuestro cansancio, no nos quiso ayudar. Me di cuenta de muchas cosas, tuve sentimientos encontrados, agradecí haber sobrevivido pero me enojé y me dio mucha tristeza porque no nos quisieron ayudar.
Los desastres naturales no perjudican de la misma manera a todas las personas. Hay una clara división entre los afectados, por distintas razones. Clase social, etnia, edad y género, por lo menos. Distintos estudios académicos han tratado este tema y aquí abajo dejo algunos ejemplos. Me detengo un poco en el texto de Neumayer y Plümper, quienes estudiaron desastres naturales de 1981 a 2002 en 141 países. Se enfocaron en la vulnerabilidad específica de niñas y mujeres con respecto a la mortalidad provocada por los desastres naturales y sus secuelas. Tuvieron tres hallazgos importantes. El primero es que los desastres naturales baja más la esperanza de vida de las mujeres que la de los hombres. El segundo es que cuanto más fuerte sea el desastre, es igualmente más fuerte el efecto en la brecha de género de la esperanza de vida de las mujeres. El tercero es que mientras más alto sea el nivel socioeconómico de las mujeres, es más débil el efecto en la brecha de género de la esperanza de vida. Estos tres puntos pueden explicar algunos sucesos que conocemos de cerca.
Lo que quiero recalcar en este texto es el hecho de ser mujer en medio de un desastre natural. El pasado sismo del 19 de septiembre nos dejó clara esta situación de vulnerabilidad en la que estamos las mujeres frente a experiencias tan terribles. Hasta ahora el número de muertes que se han contado deja ver que la mayoría eran mujeres. No sólo es porque somos mayoría poblacional, ya que se trata de un fenómeno que debe ser analizado con más detalle. En este caso influyeron al menos tres factores importantes para tener en cuenta: la hora en que ocurrió el terremoto, la división del trabajo por género y los edificios que colapsaron. Al respecto, ya algunos investigadores lanzaron las primeras hipótesis basadas en estadísticas y estudios serios. Aquí los dejo para que se corroboren. Sin embargo, es útil decir de manera general lo que se puede concluir hasta hoy. La mayoría de las mujeres que murieron estaban desempeñando labores consideradas mayoritariamente “femeninas” como la enseñanza (en el colegio Rébsamen), la hechura de prendas y la domesticidad; incluyendo el trabajo no remunerado en casa o el freelance. Los inmuebles que se cayeron eran principalmente habitacionales, y fue una hora en la que muchas mujeres se encontraban en casa. Aunque aún se tienen que analizar con más precisión las cifras y los hechos.
Tal vez el caso que más llama la atención es el de la o las fábricas textiles colapsadas en Bolívar 168, esquina con Chimalpopoca. No hay un conteo exacto de personas muertas en el lugar. Tal vez nunca la tengamos con precisión. Es presumible que la mayoría de trabajadoras eran mujeres y muy probablemente indocumentadas, de distintos orígenes. Aparentemente murieron 26 personas en las extintas fábricas. Al menos esos son los cuerpos que se contaron hasta el 5 de octubre pasado, cifra de la cual el 90% eran mujeres. ¿Quiénes eran y cómo sabemos cuántas quedaron bajo los escombros? Que por cierto retiraron a pesar de las insistencias de brigadas feministas en los siguientes cuatro días del sismo. ¿En qué condiciones trabajaban esas mujeres? ¿Por qué se repitió la historia del 85? Ya que 33 años atrás ocurrió una historia muy semejante, cuando de igual manera murieron obreras en el que había sido el peor terremoto de la ciudad en las últimas décadas. La impunidad, la corrupción, el patriarcado y el capitalismo siguen haciendo de las suyas.
Mi experiencia en el Tepozteco no se compara con la del 19S. Son muy distintas. Pero me acerca de alguna manera a esa impotencia que sintieron. Apenas puedo alcanzar a imaginar esa sensación de vulnerabilidad cuando no puedes controlar que la naturaleza se abra paso y te lleve con ella. Estuve en la Ciudad de México unos días después del sismo y me percaté de la solidaridad que se vivió, ayudamos en lo que pudimos pero tuve que regresar a mi “normalidad”. A pesar de esa unión de varios mexicanos y extranjeros por rescatar personas, animales y hogares, quedó claro que no somos uno mismo y que no vivimos de la misma manera este tipo de fenómenos. Soy testigo de que las mujeres estamos casi siempre en mayor riesgo que la mayoría de los hombres. Yo misma, al vestirme “cotidianamente”, “como mujer”, no estaba preparada para enfrentar una tormenta y la hipotermia. Desconozco la manera en que vivieron los varones que alcancé a ver  en mi aventura tepozteca. Lo único que recuerdo es ver a un joven cerca de mí y era el hijo de la señora con la que recé. Ambos se salvaron, aunque sólo platiqué con ella. Sin embargo, para mí fue lúcido que al ser dos mujeres juntas las que vivimos eso, que contábamos con un vehículo (el de mi compañera) y dinero, no sufrimos tanto como otras turistas. De ahí que la postura socioeconómica intervenga de manera efectiva.
Desgraciadamente otras mujeres, las obreras, amas de casa, maestras, viviendo en su cotidiana feminidad, no pudieron hacer frente a un movimiento telúrico que acabó por dejarlas sin casa y  sin trabajo. Lo peor fue que muchas murieron. Quedaron en el olvido, y se repitió la historia de injusticia de 33 años atrás. Las desigualdades salieron a flote y no sólo en ese momento del temblor, sino también después. En las brigadas de rescate desplazaban a las mujeres para darle paso a los hombres, sin importar la fuerza que tuvieran (o no) ellas o ellos. Los modelos de “profesionalismo” de los rescatistas casi siempre están relacionadas con las masculinidades. Se sabe de al menos un caso de violación sexual a una mujer brigadista que viajaba con otras personas llevando víveres desde la Ciudad de México a Oaxaca, la semana siguiente al sismo. Estamos a pocos días del trágico suceso y creo que es el momento adecuado para ir (re)pensando lo ocurrido e idear estrategias que diluyan estas diferencias que nos están matando.

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Hilda Monraz.
@_biographer

PlasmArte Ideas, octubre, 2017.
Twitter: @plasmarteideas


COCTEL DE LETRAS es coordinada por Inés M. Michel. 
[*Egresada del Instituto de Ciencias, generación 100, (100cias100pre). 
Las letras me han salvado de los hombres grises en innumerables ocasiones. 
Fiel lectora de Ende y de un sinfín de historias fantásticas y de terror. 
Casiopea es mi guía y confidente.]

Contacto: inesm.michel@gmail.com









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Referencias:

Leonardo, Isaura. “Tiempos del sismo: detrás del unísono del tiempo del capitalismo y la desigualdad”. En horizontal, http://horizontal.mx/tiempos-del-sismo-detras-del-unisono-el-tiempo-del-capitalismo-y-la-desigualdad/
Neumayer, Eric and Plümper, Thomas (2007) “The Gendered Nature of Natural Disasters: The Impact of Catastrophic Events on The Gender Gap in Life Expectancy”, 1981–2002. Annals of the Association of American Geographers, 97 (3). pp. 551-566.
DOI: 10.1111/j.1467-8306.2007.00563.x
Solís, Patricio y Alejandra Donají Nuñez, “¿Por qué murieron más mujeres en el 19S?” en Nexos, http://www.nexos.com.mx/?p=34076.