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lunes, 29 de julio de 2019

AL FILO DEL CAFÉ | Filosofía y naufragio


Sección coordinada por J. Ignacio Mancilla*



Colaboración de Irving Josaphat Montes




Pasada la borrachera de la ilustración acontece el naufragio como la cruel resaca. El romántico da por constatado que el hombre que se aventura hacia el mar del pensamiento ineludiblemente naufraga; son esos barcos tragados por los furiosos mares que pinta Turner al igual que el Maelström de Allan Poe, los espejos en los que el hombre se mira y se espanta. El hombre romántico habita el mundo mítico de Narciso como una pesadilla que gusta de llamar “nihilismo”. El nihilismo muestra la otra cara de la existencia: el dolor. La existencia se vuelve dolora en la medida en que se reconoce como una existencia en orfandad, vaga y a tientas. Si el idealista persigue la idea absoluta, el romántico se topa de repente con la materia que carece de idea, que carece de sentido y causa: el cuerpo. El hombre, buscando la unidad ha encontrado la total pluralidad de cosas que no tienen ya más que dar de sí, más que sus meros accidentes. El hombre ha reparado en que ahora, y desde siempre, se tiene sólo a sí mismo… y ya. Y su tragedia consiste en que, aun teniéndose a sí no puede dar cuenta de qué es lo que tiene. En la tematización del cuerpo, se da también la tematización del dolor; el dolor es, sí, el dolor del naufragio de la existencia, pero puesto que la existencia se descubre ya tan sólo como cuerpo, como cuerpo vulnerable, el dolor es también el dolor corporal, el dolor de la carne. Si el hombre ha de asumirse tal como es, como el cuerpo que es, ha de asumirse en toda su complejidad, en todas sus facetas que sobrepasan lo moral; a partir de aquí, la verdad y la mentira ya no se podrán enunciar desde lo moral, y esto es lo que evidencia Nietzsche. Si la razón era el elemento diferencial que nos libraba de cualquier comparación con las bestias, ahora la razón se descubre como razón suicida; la razón a rienda suelta tiende a aniquilarse a sí misma. El hombre ya no puede confiar su ethos a una razón última, ni siquiera a un “como si”; en el resquebrajamiento de la unidad absoluta, se ha escindido también la identidad de lo verdadero con lo bueno y con lo bello, perdida esta identidad, tanto la ética como la estética sufren su gran cisma, entran en crisis, están condenadas a reinventarse.

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Bell Rock Lighthouse, J. M. W. Turner, 1819.
National Galleries Scotland.


Condenado a reinventarse lo está también el “tiempo”; si la existencia es dolor, el dolor es, como afirma José Luis Molinuevo, “tiempo que no pasa”. El hombre nihilista, el hombre angustiado, no se reconoce ya en ese tiempo que acontece de manera lineal, que viene de algún lado y que, antaño se confiaba, va hacia a alguna parte. El tiempo sufre su propio naufragio y no puede ya si no ser tiempo fragmentado, pluralidad, y puesto que se ha perdido todo principio de unidad, de sentido, lo que antes respondía al principio de absoluta unidad -del γένος aristotélico- ahora ha quedado subordinado al tiempo que se devela fraccionado; el Ser sólo puede ser ya pensado por el hombre en la medida en que esté subordinado al tiempo, esto es: como Ser que comparece en el tiempo.

El costo de atender al llamado de Zaratustra a “recuperar el sentido de la tierra”, es el de asirnos de la pluralidad, de las determinaciones, en conocimiento de su inevitable y continua pérdida. Visto así, no se trata de ir en búsqueda de un sentido que mana de la tierra, sino de persistir en fundar sentido en un suelo que, aunque de facto lo pisamos, no podemos reconocerlo como firme, y esta persistencia en lo precario es lo que se reconoce aquí como “voluntad”.

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Tomada de: sinRetórica.


Y si todo sentido ha de ser sentido terrestre, y si se trata de ir arrojando piedras a nuestras espaldas como Deucalión y Pirra después de sobrevivir a la hecatombe del diluvio, entonces todo intento por re-fundar un sentido se vuelca estética en tanto que ha de atenderse a lo inmediato, a lo ahí-dado. Para esto es necesario hacer la distinción entre ente y ser: ente es, por definición, ente terrestre; Ser es eso que el ente, cual espejo, refleja. Si hemos de recuperar el sentido de la tierra, hemos de aprender a atender al dar de sí de lo terrestre; hemos de atender a los entes en los cuales el Ser, presuntamente, comparece.

Atender a lo ahí-dado, es pensar. El pensamiento sólo es tal en la medida en que atiende a lo ahí-dado y lo ahí-dado no es otra cosa, según Heidegger, que lo pres-ente. Ergo: pensamiento lo es sólo de lo pres-ente, es decir, del ente que yace ya ahí. Aquí se traza una identidad que Heidegger recoge de los aforismos parmenideanos pero que Hegel repite: Ser es Pensar. Toda lógica es onto-lógica; toda filosofía es onto-logía. Así, cuando Heidegger insiste en el olvido del Ser, no pretende otra cosa más que señalar el olvido del Pensar. Un olvido propiciado por el hacer; el pensar ha quedado subsumido por el hacer, la episteme ha sido desarraigada por la téchne.

“Esta Europa en atroz ceguera y siempre a punto de apuñalarse a sí misma, yace hoy bajo la gran tenaza formada entre Rusia, por un lado, y América por el otro. Rusia y América, metafísicamente vistos, son la misma cosa: la misma furia desesperada por el desencadenamiento de la técnica y la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo haya sido plenamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera, cuando se puedan experimentar, simultáneamente, el atentado a un rey en Francia, y un concierto sinfónico en Tokio; cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como historia, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares -entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo este aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué- ¿hacia dónde?- ¿y después qué?” (Heidegger en: ¿Qué significa pensar?).

El naufragio del hombre consiste en haber olvidado esta identidad entre Ser y ente terrestre y haber estrellado el barco contra un saber especulativo que no es pensamiento sino, como diría Nietzsche, “desierto que crece”. Y ante el desierto: dolor; y ante el dolor: tiempo en suspenso, “tiempo que no pasa”. Y un tiempo que no pasa, tiempo suspendido, tiempo que no conduce hacia ningún sitio, es un tiempo que traza círculos, tiempo del eterno retorno de lo idéntico, donde lo idéntico sigue siendo el comparecer del Ser en los entes, entes que emergen en el tiempo y encuentran su acabamiento también en él: entes contingentes, que van y vienen, a modo de retorno.

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Tomada de El Afiche.

La consigna es, entonces, “ir a las cosas mismas”, a los entes mismos, pensarlos, abandonarse a ellos sin garantía alguna; sólo en esto puede ya consistir la filosofía, por eso nos advierte Heidegger: “aunque nosotros no podamos empezar nada con la filosofía, quizá ésta empezará algo con nosotros, con tal que nos abandonemos a ella”.

Atenernos aquí a los entes, es decir, pensarlos, pensarlos en tanto que son, es atenernos a la experiencia, a la inmediatez, a lo estético (αἴσθησις). “Recuperar el sentido de la tierra” consiste en atenerse al encuentro con los entes terrestres: a la experiencia. Este que va al encuentro con aquello, para Heidegger, es el Dasein, para Husserl es el ego. Husserl hace, sin embargo, una pequeña vuelta de tuerca respecto al ego cogito cartesiano, lo que termina por cambiarlo todo: el ego es, ciertamente, ego cogito, pero es además ego cogito cogitatum. Esto es: todo pensamiento siempre piensa algo, a saber: el ente. Otra vez y siempre: Ser es Pensar.

Pero más allá de volver a esta identidad de la que Hegel hace eco, Husserl reconcilia al sujeto con el objeto, reconcilia al hombre con el mundo, con esa tierra que pretende recuperar. Si el sujeto sólo es tal en la medida en que va al encuentro con el objeto, con ese objeto que se digiere con el pensamiento, entonces, a la dualidad sujeto/objeto, le precede la experiencia. Lo que hay es experiencia. Lo que se esconde tras el grito husserliano de “ir a las cosas mismas” es la invitación febril de abandonarse a la experiencia, como un capitán que, tras el naufragio, exhorta a los marineros a arrojarse al mar. 

El hombre, en el mar de la experiencia, se descubre uno con el mundo, se descubre fenómeno entre fenómenos, y no sólo eso, se descubre pregunta e intenta admitirse como respuesta. Si en todo ente, como ente que marcha en el eterno retorno que es el tiempo, comparece el Ser, entonces yo en tanto que ente, en tanto fenómeno que soy, soy, es decir, me reconozco también como Ser. Si la experiencia husserliana me identifica con el mundo, con lo que es, entonces no existe un ir en búsqueda, sino un venir en búsqueda de eso que es, un volcarme sobre mí mismo a modo de interrogación. Y así como dice Heidegger que cuando a las cosas se les interroga, éstas retroceden hacia su fundamento, se ha de confiar, también, en que en el interrogarme a mí, sea yo mismo quien retroceda a mi fundamento, a mí ser que es el Ser, y pueda dar cuenta de él.



El naufragio del Seafall, I. K. Aybazovsky.

En el fondo, la fenomenología husserliana es la disección de la experiencia, pero la experiencia se devela siempre auténtica, particular. Así como la luz se realiza en el ojo, así también la experiencia se realiza en la conciencia, conciencia que va como moldeando a la experiencia dándole su lugar en un tiempo y en un espacio determinados. La experiencia se vuelve así experiencia encarnada y la filosofía, en tanto que una forma de pensar y por tanto de permanecer en el Ser, retrocede a su punto de partida, a la carne del filósofo; las ideas pierden su condición etérea y se manifiestan desde ahora como ideas-de, ideas-de hombres concretos; las ideas tienen dueño y su dueño historia. Entonces, si se quiere pensar al Ser, sólo se puede aspirar a la epojé como mero ideal regulador. Si el Ser sólo se muestra vía terrestre, hemos de admitir que toda pregunta, en tanto que inevitablemente es pregunta contextual, contextualiza también su potencial respuesta por el Ser. Desde aquí ya se puede ver que lo que más tarde dirá Heidegger, está ya también dicho en Husserl: el Ser sólo puede ya ser accesible a través del tiempo, de la experiencia encarnada.

Y sin embargo, hablar de experiencia encarnada no es aludir a ningún tipo de subjetivismo. Si hemos de pensar al mundo desde la fenomenología, hemos de pensarlo como ese punto en el que convergen las experiencias todas. El mundo como el abrevadero de las conciencias encarnadas. De esta manera el mundo es un mundo que con-formo (con los otros), en tanto que me acontece como experiencia espacio-temporal, de mi propio espacio y mi propio tiempo, pero si bien es un mundo que con-formo y, por tanto, configuro la experiencia de los otros, es también un mundo en el que la alteridad interviene, también, con-formando mi propia experiencia. Así, la responsabilidad que Husserl adquiere al reconciliar el sujeto con el objeto, no es una mera responsabilidad teórica, sino que puede leerse como una responsabilidad de carácter ético: el ego de Husserl, a diferencia de Descartes, no es un ego individual y activo (con-formante), sino comunal y también pasivo (esto es: con-formante y con-formado). El ego no pierde, pues, su relación posesiva con el mundo: el mundo es, de facto, mundo, pero es también mundo de todos.

En Husserl, el hombre romántico que se sabe náufrago, no es que renuncie a su naufragio, pero su naufragio se vuelve naufragio común, catástrofe colectiva.

El hombre buscando a Dios, encuentra al hombre; buscando la unidad encuentra la fragmentación, buscando la infinitud encuentra al tiempo, buscando al Ser encuentra al ente; y buscando refugio, encuentra al lenguaje… pero esa es ya otra epopeya.





Irving Josaphat Montes.
PlasmArte Ideas, julio, 2019.
Twitter: @plasmarteideas
Instagram: @plasmarteideas
  
Al Filo del Café es coordinada por J. Ignacio Mancilla*.

[Ateo, lector apasionado, 
militante de izquierda (casi solitario).
Lacaniano por convicción
y miembro activo de Intempestivas,
Revista de Filosofía y Cultura.]

Contacto: ig.man56@gmail.com











jueves, 12 de abril de 2018

Entelequia musical: Desaparecidos en la nadeidad mexicana



Colaboración de Natalia Ulloa





“Encerrados ahora en el ataúd del aire,
hijos de la locura, caminemos
en torno de los esqueletos.
Es blanda y dulce como una cama con mujer.
Lloremos.
Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte,
hija de puta: viene.
(...) Gloria del hombre vivo:
¡espacio para el miedo
que va a bailar la danza que bailemos!
Tranca la tranca,
con la musiquilla del concierto
¡Qué fácil es bailar remuerto!”


-San Jaime Sabines.



Al nacer nos arrojaron a la promesa de una vida: vida que nos ilusiona desde niños a ser alguien con el mundo, vida que constantemente decidimos andar, sin embargo, al paso de los años nos recuerda que la muerte está a la vuelta de la esquina (o de frente), que la decisión de andar se vuelve cada vez más incierta, va dejando de ser nuestra y  el camino ya no sabe para dónde caminar. Entonces, parados en esta línea sin rumbo nos preguntamos. ¿Quiénes somos si no podemos siquiera decidir la vida? El silencio nos responde: nada.

Y es que, ante la nada vivimos cada vez más constantes. Levantarnos, encender la radio y escuchar las noticias de miles de asesinatos nos trazan un esqueleto como camino diario. Salir a la calle y desaparecer en un instante nos acorrala en un miedo latente que nos grita desesperado que la vida va dejando de ser nuestra, que el otro decide si nos pertenece; que despertar del sueño (si es que podemos dormir) es la única decisión que nos queda.


Sleep (1937). Salvador Dalí.
Tomada de: pinterest.es



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Ante tanta contingencia vamos cada día a nuestras actividades, salimos con la conciencia de no saber nuestro regreso, caminamos con la incertidumbre a cuestas.

¿Cómo sobrevivir con ello? Con el arte.

Ya el idealismo (que abordó esa angustia por decir el ser) nos dejó una reflexión: la filosofía nos enseñó todo, menos cómo sobrevivir. Sobre el ser ya no hay nada que decir, solo queda el cómo sobrevivir en el desarraigo: el desarraigo (la nada) es nuestro mundo. No hay pregunta en ello, solo se sobrevive y ya. Lo que queda de la filosofía, entonces, es la conciencia: se sobrevive no comprando la promesa de salir del desarraigo, sino teniendo una actitud frente a la situación, de resistencia.

Ante la cuestión vital (la vida misma) no hay espacio para otra necesidad: si no hay vida no hay ser, no hay nada. El idealismo nos da una pauta del retorno ante nada que nos sostenga. El problema es que en México esta cuestión transgrede del lenguaje a lo tangible: caminar es saber la muerte en un cuerpo dentro de una bolsa, en una noticia de la ausencia de alguien, de un asesinato a la siguiente cuadra. En Kieerkegard fue la angustia a lo que en Nietzsche fue la ira, la voluntad, el querer. Y en México es el grito: privados de la voluntad de vivir, andando a pesar de que la nada se siente en cada paso, en el arte el mexicano vive, grita y reclama su propio derecho a la vida.

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La soledad en el mexicano se siente muy presente. Es decir, el sabernos solos en el camino a pesar de tanta gente con quien convivimos nos funde en una esfera que asfixia nuestra cuasi-nula voluntad por andar. Sin embargo, con la música (por ejemplo) disipamos la soledad, gritamos al unísono que “la vida no vale nada, llorando siempre comienza y así llorando se acaba”, bailamos con la muerte recostada al hombro, le cantamos al oído que “uno va a los viejos sitios donde amó la vida y comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”, que a “las cosas simples se las lleva el viento”. Bailamos en la ausencia total con una música alegre, que nos deja saltar, liberarnos de la carga de casi vivir y no poder hacer vida, bajo una letra que nos acurruca en la melancolía de un amor que ya se fue: “cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras, cuando tú te hayas ido con mi dolor a solas, evocaré el idilio de las felices horas…” Amor que se le dedica a alguien y que nosotros, en el fondo, le dedicamos a nuestra propia vida.

México, nosotros, habitamos una región desmoronada de existencia, una impotencia por no poder amar el afuera tan bello de paisajes por el miedo a morir en el camino. México, nosotros, caminamos a tientas, con unas ganas cada vez más intensas por reclamar este derecho a vivir, gritando en la inmensidad de la noche que la vida nos duele, que empatizamos con todos a pesar de resguardarnos ante las desgracias, porque esta vida que nos han dejado duele mucho como para recorrerla, pero nosotros seguimos luchando porque vuelva a recorrerse con voluntad e instantes de alegría.

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El arte vive en México, nos afirma. Somos una misma necesidad, una misma urgencia por decirnos en tanta nadeidadHabrá que volver a él, renovar su importancia para poder andar, habitar la soledad y unirnos por un mismo grito: la vida.

Si no hay vida, no podemos hacer nada.




Natalia Ulloa.
nataliaulloa15@gmail.com

PlasmArte Ideas, abril, 2018.

Twitter: @plasmarteideas
Instagram: @plasmarteideas



martes, 20 de marzo de 2018

Entelequia musical: Retornos de una vida en soledad




Colaboración de Natalia Ulloa





“Sin ropa se nace, se brota.
Desnudo se llega,
partida a partida.
Andamos sin luces,
sobre la región desconocida
de nuestra propia existencia.

Y al final paramos,
callamos,
como si la palabra ya no nos perteneciera.

No tener a dónde ir.

No es que nadie nos espere:
es no tener a dónde regresar.”




Al andar por este camino siempre en construcción llamado vida, con el ímpetu de salir adelante con aquello a lo que le dedicamos gran parte de nuestros estudios, nos topamos con un tema cada vez más preocupante: la oferta laboral.

El panorama es que egresados, empleados de antaño o personas con un grado de experiencia se enfrentan ante una demanda laboral que cada vez es más insuficiente para la “capacidad” con la que se cuenta en materia de empleo. Por ende, cuando alguien consigue un puesto con el cual se siente medianamente realizado, se le exige “especializarse” dentro de su área para mayor eficiencia y así poseer herramientas múltiples que favorezcan otras áreas vecinas, en caso de ser solocitad@ para ellas. Ello sin ahondar en que más del 50% de la población consigue un trabajo que no pertenece a su carrera o en el cual no siente que está realizándose.

Lograr obtener un ingreso decente que cubra con la canasta básica es una imagen desoladora, pues cada generación se enfrenta (más cotidianamente) a un campo de trabajo reducido y a un sueldo que de un sólo trabajo se vuelve poco sustentable. Pareciera que la vida nos alcanza cada vez menos para lograr cumplir los requisitos y conseguir un buen trabajo, pareciera que el tiempo nos asfixia y la juventud ha dejado de ser una ventaja.

El problema es que si esto afecta al sector común, para el área de las artes y las humanidades el panorama se empobrece aún más:  si ya no hay tiempo para cubrir los requisitos laborales técnicos, mucho menos lo hay para vivir en una especie de contemplación. El problema es, entonces, que a mayor demanda menor ingreso: es decir, los recursos que cada vez son más solicitados en una porción serán reducidos en otra, en la de menor importancia; en la destinada a la cultura. Músicos, bailarines, artistas plásticos y demás tienen entonces que lidiar con los mismos requisitos que el sector común, sumado a la lucha de que su presupuesto y viabilidad económica es menor. ¿Cómo sobrevivir entonces del arte? Buscando un campo dentro del arte que asegure un espacio económico decente (cuestión ya bastante difícil, sobre todo en el país, pues son contados los puestos y exigen una mayor especialización) y con trabajos informales: huesos, tocadas versátiles, lo que se ofrezca en el momento para ganar algo sustentable. 

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Tomada de: efesalud.com


Sin embargo, ante todo esto habría que preguntarnos primero: ¿a qué le llamamos cultura? Y, ¿qué es eso de la especialización?

Lo primero a tomar en consideración es que la rama del arte y las humanidades no está desligada a la del sector común, a las labores “prácticas”: convergen en el mismo punto y son parte de la misma cultura. 

La cultura no es una especialidad, es el camino de hacer habitable este mundo y entender-nos en el camino, camino que hacemos y nos hace, nunca hecho del todo y siempre dado en parte, algo por hacerse tanto en la historia personal como en la colectiva.

Las especialidades entiéndanse como parcialidades, no como totalidades, son maneras de recorrer el camino de la vida. Sin embargo, su convergencia no puede estar en acumular parcialidades, sino en dejarlas atrás.

Parecería que la división del trabajo a la que nos hemos asumido trajo como consecuencia estos “mundos aparte” (que de fondo ya se contradicen, pues ni los especialistas dialogan entre sí). Pero esta división tiene antecedentes grandes. Podríamos suponer que fue causado por un solipsismo que hizo de la especialización el discurso de la “cosa exclusiva” y excluyente, de aquel que puede -bajo este parámetro medidor de la vida- acceder a ser “alguien” monetaria y existencialmente hablando.

La crisis, pues, la encontramos en este discurso de especializarse como una forma de acceder a ser alguien en el mundo, y de obtener el casi sueño de trabajar sólo una jornada laboral de 8 horas para vivir decentemente. La diferencia está en cómo se vive el tiempo, que suma siempre 24 horas (Zaid). La jornada de 8 horas, a la cual hoy aspiramos como una meta cuasi-inalcanzable, era un ideal comunista del siglo pasado. En nuestra época trabajamos más que en el Renacimiento o la Edad Media. Y así, vamos buscando mejor calidad de vida sacrificando nuestro tiempo libre por un ideal, tiempo libre que le dedicaríamos a vivir. Cabría preguntarse si el tiempo libre suprimido es consecuencia de estas circunstancias asfixiantes, o si las circunstancias desprecian de facto al tiempo libre, que de fondo es un desprecio por nuestro propio tiempo.

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Que alguien le dedique toda su vida a una meta especializada denota una ambición grande por aspirar a un decirse en el mundo, dejar huella, vivir con lo que “se cosecha” en el trabajo. Ya lo decía Goethe: “No hay mayor placer comparado a la personalidad”. Parece que especializarnos para mantener nuestro campo laboral es una forma de importarnos a nosotros mismos, por sobre los demás. Las olas demandantes en las áreas aumentan: los directores de orquesta, los maestros, los atrilistas, etc. Y cada vez se les pide a cada uno tener ya no sólo conocimiento de su área, sino que además algunos dominan bases de la plástica, la danza, el teatro. Otros se dirigen a la rama del pensamiento, a la filosofía, las letras; pero todo bajo una especialización individual, que se supone nos hará más fuertes, siendo que individualmente el hombre no sobrevive. Estoy de acuerdo en que conocer es una forma de andar por el mundo cambiando de lentes que nos hacen la vida más clara y más rica, y cada vez es más necesario. Por otro lado, el obtener esos conocimientos como una mera forma de superar a los demás y quedarse con un trabajo (es decir, sin una sustancia existencial) sólo fomenta la distancia entre las mismas artes y reduce su propio campo laboral, lo reduce y lo a-barata.

Curioso es que Goethe, al final de su vida dijera: “cuanto más examino, más me parece que lo importante de la vida es vivir”. Estas palabras son audaces, sobre todo cuando se ha visto lo que dan las personas poseídas por los ideales de grandeza. Pero se comprende mejor con la idea de que ser grandes, ser figuras para la historia, es nada frente a la simple diafanidad del ser.

La situación laboral es preocupante, y nuestra condición es aún más reducida para sustentarnos, pero cerrando entre nosotros mismos la oportunidad de colaborar con personas convergentes a nuestra área sólo fomenta la reducción más pronta. Todos necesitamos ser importantes, es nuestra condición de criaturas. Esta necesidad de ser alguien para el otro, único y por ende semejante, puede volverse la necesidad de ser centro: ese es el juego de especializarse para sobrevivir; ser una pieza más fina, más central de la máquina social o del mundo íntimamente maquinado. 

¿Cómo hacer para abrirnos un campo laboral con el sector común? ¿Cómo hacer-nos comparecer como una misma necesidad? ¿Cómo abrirnos campo a nosotros mismos en esta escasez? 

Es una división laboral conveniente el que al músico, al bailarín, se le vea como al otro que no se dedica a otra cosa que no sea pronunciarse en el mundo, y a la inversa: el juzgar al sector común como aquel que nunca se da cuenta de su vaciedad por esto mismo. Pero si un mundo abierto nos provoca, nuestras propias exigencias de integración amenazan con individualizarnos, y tenemos el tiempo encima para ello, ahogándonos, lo más viable sería replegarnos a nuestro solipsismo. Aunque por habitable que parezca tal solipsismo, llega un momento en que nos falta el aire y queremos “salir” (afectarnos con el otro). Habrá que volver a afectarnos por los otros, buscar la mano de las demás artes como una forma multidisciplinaria de trabajar para expandir nuestro campo laboral, fortaleciendo nuestra propia producción de trabajo con las habilidades de todos y con un constante enriquecimiento de conocimientos, sin caer en la ambición.

Estemos conscientes de que esto nos deja a la intemperie, pero no hay que negar que la ciudad puede converger con el arte, que pueden renovarse los encuentros, abrirse los cruces que transformen la forma de caminar por la vida. 

Y he aquí lo más importante: la vida. El trabajo es una base para sobrevivir en una sociedad, pero mientras esa base, ese andar no se convierta en una cuestión vital, que nos provoque a seguir andando, no valdrá la pena continuarla.

Habrá que vivir para poder hacer vida.


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Natalia Ulloa.
nataliaulloa15@gmail.com

PlasmArte Ideas, marzo, 2018.

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